El pudor de las ninfómanas

29.8.06

La Educación Sentimental de alguno, II

Segunda Parte

Después,empezaron a compartir mucho tiempo juntos, en ocasiones veían hasta dos películas en el mismo día. Nunca tuvieron sexo. A pesar de los esfuerzos de él, -que le hacían llegar a extremos indignos, impíos y perdedores- ella se mantuvo firme en su posición de no acostarse con nadie. “No es que no me gustés, de hecho tengo los calzones tan mojados que me estorban y necesito cambiarlos, es sólo que en estos momentos no creo que sea conveniente que lo hagamos vos y yo, espero que me entendás, espero que valorés mi decisión”, decía ella siempre con tono de voz neutra pero decidida ante el cual él no sabía cómo reaccionar. Cuando coincidían con algunos de los hombres con los que Susana -según sus propias palabras y sus vívidas descripciones- se había acostado y con los que seguía manteniendo una grácil amistad, él no podía evitar sentir una sensación de minusvalía emocional, de desnudez penosa y de desespero. De repente estaban los dos frente a uno de estos hombres que saludaban a Susana con una amabilidad tan estudiada y abundante y lo saludaban a él con un decoro que creía lleno de burla infinita e invisible para el resto del universo. El no sabía muy bien los nombres de estos amigos de Susana pero los tenía muy presentes en su mente y los asociaba con los relatos que tan apaciblemente le contaba Susana. Así el tipo alto y rubio con el que ella en su presencia había charlado durante largo rato en la cafetería de la Universidad no tenía para él un nombre cristiano y definido, sino que era el tipo de la vez que la marihuana y la colchoneta en la parte de atrás de un pickup en el mirador por San Ramón de Tres Ríos, el tipo delgado, de apariencia lacónica y apuntillada que estudiaba Publicidad tenía el rostro de una ocasión: la vez después de un concierto en Los Yoses, y así le sucedía con otros hombres que él no conocía pero que se empeñaba en un ritual cargado de masoquismo en imaginarlos, en hacerse para sí mismo una descripción rigurosa con unos detalles muy claros. Ensayaba sus descripciones masculinas casi como las haría Antonio Gala con uno de sus personajes. Imaginaba sus caras, sus brazos siempre grandemente embrutecidos por algún gimnasio, la nuez del cuello moviéndose como un pasatiempo, su espalda, su cuerpo y sus elementos penetrando a esa mujer de facciones un poco duras que eran suavizadas por una expresión en su rostro que no daba muestras de avidez pero tampoco de avaricia, de cabello castaño largo hasta sus hombros.
Gracias a sus lecturas, él estaba convencido de la poca sofisticación que denotaba ser celoso en la sociedad actual.Tampoco quería parecerse a uno de esos extranjeros que ni siquiera se daban cuenta cuando su esposa rubia y posiblemente curiosa, coqueteaba abiertamente con los hombres locales en los bares de la costa de Guanacaste.
Cuando él -ya abierta y descaradamente celoso- le reclamaba a Susana por algún contacto que a sus ojos le parecía muy cercano, por una risa con exceso aparente de complicidad, por una mirada con la pupila demasiado extendida, ella con paciencia y mucha ternura y un afán como de madre protectora le agarraba el hombro lo abrazaba y le decía con una voz llena de tranquilidad como si estuviera arrullando amorosamente a un niño en la cuna, un quieto miserere, una “lullaby” que decía lentamente con su voz de locutora de comerciales de productos infantiles: “Tranquilo vos sos lo más importante para mí y lo mejor que le pudo suceder a mi vida”, y él, -sin repudiar el tono “telladesco” de esas palabras-, se enamoraba aún más de ella.

Siguieron viéndose con cada vez mayor frecuencia. Ella continuó negándose a acostarse con él, quien terminó aceptándolo con una pasividad que calificó para sí mismo como estúpida. Lo que más le gustaba a Susana era el papel, para ella desconocido hasta ahora, que la relación con él le obligaba a asumir. En ocasiones, él entraba en lo que él llamaba su “pozo personal” y lloraba como un niño con lágrimas muy saladas y calientes, ella acudía en su rescate y en su hombro el restregaba su cara mientras ella con palabras dulces asumía con placer el papel de la cuerda de rescate, de apoyo valedero, de escalera para un reducido cuerpo de bomberos emocionales, de madre tibia.
En la sala de la casa de ella, una mañana de miércoles le dio la noticia: la relación que ya tenía diez meses y que para Susana estaba mejor que nunca ,debía terminar. El olvidó decir las cosas que por convencionalismo es casi obligado decir, no le dijo que eso era lo mejor para los dos, no le dijo que ella se merecía alguien mejor que él, no le dijo lo buena, grande, extraordinaria, entrañable o adorable que era ella, no ensayó una excusa creativa como que la cercanía del Mundial de fútbol le obligaba a estar sin novia para poder observar tranquilamente los cincuenta y dos partidos, no le dijo nada de esos otros lugares comunes que son tan útiles como anestesia en momentos como esos, sólo le dijo que después de pensarlo mucho consideraba que era mejor que todo terminara y que a partir de ese momento no se verían más y que su decisión era absolutamente definitiva como una bula papal después de la Reforma. Susana no pudo decir nada, todo fue tan sorpresivo, no había ocurrido nada que la preparara para eso, ni un regaño, ni un disgusto, ni una pelea, nada, la noche anterior estuvieron juntos ahí mismo en esa misma sala donde ahora escuchaba eso, comiendo palomitas de maíz mientras ella terminaba una de sus tareas universitarias, lo había notaba un poco callado, un poco pensativo, pero en él eso era común, en ocasiones su mente se iba en divagaciones, cálculos o abstracciones desconocidas para el resto y quedaba sólo su cuerpo en el lugar como un cascarón vacío que aún lograba fingir que prestaba atención a lo que le rodeaba pero que en realidad estaba tan lejos como su mente divagadora lo hubiese llevado. La noche anterior después de una clandestina sesión de sexo no consumado, él se había marchado tranquilo para su casa con pelos del pubis de ella enredados en los dientes como si hubiera chupado un mango criollo. Luego sucedía esto, justo cuando había aprendido a apreciar la serenidad, el buen tino y el contacto permanente con la realidad de ese hombre que le había dado una seguridad extraña, que le hacía sentirse protegida sin pesadillas, sin malos sueños. Empezó a llorar con los ojos desmedidamente abiertos y sintió un impacto en la parte de atrás de la espalda que casi le hizo perder el contacto con la realidad. Nunca más volverían a hablar.



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Es el hermano menos díscolo de este Blog, es el "Dr. Jeckill", el "Ying", la "Rive droit", el "Batman" (pero sin mallas y con novia).... pasen adelante

La Educación Sentimental de alguno

Susana era un año mayor que él, estudiaba Psicología sin mucha vocación o denuedo en la misma universidad. Ese día sin pensarlo mucho y tomando valor de la parte de su mente que tiene que ver con el apareamiento y el instinto de supervivencia de la especie, él la invitó a un concierto de una banda local en un centro comercial al sur de la ciudad. A Susana, capitalina y niña bien, el grupo músical y el sitio del concierto le parecieron corrientes y casi maiceros; sin embargo, aceptó la invitación porque había algo que le interesaba en ese tipo algo grueso y de mirada elocuente que decía como con arrogancia que estaba ansioso por tener el título uiversitario en sus manos para guindarlo en el baño de visitas de su casa, además no había salido nunca con nadie de esa tal “ciudad blanca”. El no sabía muy bien cómo se suponía que debía comportarse en la primera salida con una mujer capitalina de colegio privado y acento guau.
Se encontró con Susana en el parqueo de la universidad, demoraron varios minutos - que a él se le hicieron eternos y le avergonzaron, un poco- en conseguir un taxi que los llevara al sitio del concierto. En el taxi, él percibió el olor del perfume de ella, lo encontró fuerte y anticuado, con una melosidad que su sentido del olfato desmedida y atragantante, como si se h hubiese tomado el de la madre o el de alguna tía abuela acatarrada y solterona. Durante el concierto ella se mostró muy participativa y tomó las decisiones de la noche de una manera suave que él agradecía en silencio, decisiones simples y normales como en qué sitio ubicarse, cuándo ir a tomar algo o dar una vuelta por los alrededores o retirarse del concierto, pero que, para él, tan alejado de su habitat natural, se le hacían difíciles de asumir con el mínimo de experticia que la situación demandaba. El, consideró el restaurante de una cadena de pizzerías que estaba cerca de la casa de Susana como el sitio ideal para conversar después del bullicio del concierto, a Susana, acostumbrada a salir con tipos mucho más mundanos y conocedores, le pareció el lugar infantil y sin gracia y más propio para un aburrido almuerzo dominical con la familia que para la primera salida con un tipo de la universidad.
El había quedado en la frontera afuera de la última revolución sexual, no de la revolución que pareció alterar el número de compañeros sexuales de las mujeres, sino de otra más reciente por entonces en el país que no tenía tanto que ver con la laxitud como con la hipocresía o recato que debían tener las mujeres para contar abiertamente y con prolijos detalles el número y la calidad de sus compañeros sexuales. Por eso cuando al calor de la conversación y del pichel de cerveza, -otra idea que él consideró oportuna y con visos de genialidad, no había de ésos, allá en la “ciudad blanca”- Susana empezó a hablar, con una naturalidad que para él estaba completamente fuera del alcance de sus capacidades de comprensión, sobre sus antiguos amantes, sobre sus experiencias con el sexo anal -horribles-, sobre otras actividades de decidido matiz hedonista que involucraban a más de dos personas -incluyéndola a ella- . En este punto, él, que por el asombro no había tenido tiempo de considerar las historias de Susana como una vedada invitación -cosa que no eran- , abrió los ojos exageradamente e intentó poner una cara como de sapiencia y entendimiento, como si fuera un renombrado experto en la materia, y hasta hizo un leve movimiento de la cabeza como asintiendo cuando Susana con marcada resignación proclamó su frigidez como incurable dado todos los esfuerzos realizados por sobreponerse a ella. El, procuró disimuladamente borrar la lista de posibles puntos de conversación que en la tarde había rotulado en la palma de su mano.

25.8.06

Casi mitológica o filatélica

Diana apreció el sentido del humor del muchacho: rapaz, incisivo. Recordó la forma cómo él la abordó, cómo no dejó de hablar de una manera que contenía interés y desinterés al mismo tiempo. Ella era un poco más morena que trigueña, color que atribuía a la herencia de su madre veracruzana. Antonio pensaba a veces en lo mucho que había sido querido por esta mujer morena de caderas anchas y pechos pequeños, que le habló de "erección" y de "eyaculación" con su tono impersonal de médico novata, con sus reacciones incómodas y pudorosas cuando veía su miembro desaletargado con las venas insufladas de ansiedad mientras proclamaba con toda la elocuencia de su apalancamiento los anhelos del momento y, hablaba ella, entonces, con una ternura incomparable de los penes de los cadáveres en formol de sus clases de Anatomía y en la desazón del momento hacía comparaciones de tamaño que él no sabía cómo tomar. Antonio recordaba el moretón que como un faro púrpura quedaba irremediablemente en la barbilla de Diana después de una noche entera de sexo, (había algo de tónico en esa piel tibia y morena, o quizá en el batido de moras en leche que como única bebida preparatoria tomaban, o quizá en los dieciséis años que él tenía por entonces).
En plena calle, bajo el árbol de mango que después de la lluvia botaba sus frutos convertidos en un peligro, como en un gesto de malacrianza, Antonio pasó la lengua, que pronto le supo a sal, por los pechos de ella y escuchó su disculpa por lo apocados y ese día descubrió por sí mismo el concepto de “tetas aburridas”, -que con el transcurso del tiempo utilizaría muchas veces.
En la piel morena de Diana, suave y lisa, la natural y extendida ausencia de vellos en casi todo su cuerpo era interrumpida por dos vellos largos, rebeldes y tercos en su pecho izquierdo (que parecían como dos polizontes náufragos en un islote de olvidadas pretensiones volcánicas) y en su sexo ralo y lacio como una cabellera semialopécica. Antonio descubriría años después la rareza casi mitológica o filatélica que constituye el pubis completamente lacio en una mujer y siempre pensaba que si hubiera sido supersticioso lo consideraría como algún presagio por descifrar de los dioses. En los años posteriores hablaba con otras mujeres de la mujer del pubis lacio y les preguntaba si conocían a alguien con esta característica, pero nadie parecía saber de otro caso semejante.
Antonio llamaba “Chocolate” a Diana y a ella eso le cambiaba el orden de sus prioridades y le daba oportunidad para sentirse culpable, siempre sintió la palabra "Chocolate" como un baño que la acariciaba lentamente; años después haría que su novio, ahora su esposo, la llamara de esa forma, y aún hoy éste le dice así en la intimidad. Antonio volvería a utilizar la palabra Chocolate para llamar a otra mujer trigueña con igual éxito y mayor cálculo y descaro.
El recordaba las tardes junto a Diana, el tiempo que pasaban juntos mientras el sol caía valeroso y rojo ahí no más en el Oceáno Pacífico, echados los dos en el sillón o en la alfombra de pelos de alpaca en la sala de esa casa ajena y burguesa en la que se hospedaba ella mientras cumplía con su año de "Servicio social". Antonio asocia inevitablemente esa época de su vida, (a pesar de que una amiga historiadora con alma de bibliotecaria y ánimo reprimido, descubrió años después que algunas no corresponden rigurosamente al tiempo de sus encuentros con Diana), con canciones como "Hold me now" de los Thompson Twins, "Eye on the sky" de Alan Parsons - recordaba en particular el vídeo de dibujitos animados- "I love Chopin" de Gazebo, "Una niña, una historia", versión cover de La Pandylla, y algunas canciones de José José. En particular se veía a sí mismo cantando en la ducha con ademanes exagerados y ridículos una que decía: "... conmigo te mecías en el aire, volabas en caballo blanco el mundo y dudo que te pase igual con él ..." mientras Diana sonreía con una mirada llena de injustificada admiración y unos ojos que ya empezaban a alcanzar el grado de estupidez propio de los enamorados y que a él le asustó y le hizo apartarse de ella y de su estado que para sus adentros calificó como muy cercano al paroxismo.

22.8.06

“¿Acaso hay algo mejor que la mujer que se ama?"
Philipe Sollers

Otras versiones:

Versión libre de un comentario de El Peregrino:
“Acaso hay algo mejor que la mujer que lo ama a uno”

Versión de Zunga:
"Acaso hay algo mejor que una mujer que me ame y que me deje amar al resto"

Cita enviada por Floriella:
"No busco una mujer que me ame como nunca me han amado. Busco amarla como nunca he amado."

16.8.06

Amor y herrumbre

De la relación de mi vida me quedaron tres souvenirs : una gargantilla de bronce de la India, un pequeño sobre blanco con un vello adentro y una aversión animal a la palabra amor; amor: esa mala suerte que decía Proust.

A veces la recuerdo a ella: sonriente, esponjosa, más inocente por dentro que por fuera, con su capacidad casi infinita de ser ignorante. Cocinera de cosas mágicas, siempre atenta a complacerme en casi todo y lo demás -como la vida misma- era negociable .
Compañera, siempre a la par, siempre incondicional, con la camiseta de mi equipo mojada en el pecho. Usaba el sexo como un pacificador infantil. Era sexo de anestesia para las heridas de incestos y abusos. Sexo de lluvia para las sequías de la autoestima. Juntos disfrutamos de las peores experiencias amatorias: cortas, insípidas, olvidables. Lo extraordinario era los juegos preparatorios: intensos, húmedos, irrepetibles. Toboganes al vértigo, públicamente clandestinos, pero al fin incompletos. Eramos tan inconscientes que hasta la misma felicidad azul, la más desconfiada y huidiza de todas, se atrevió a visitarnos. Aunque luego hayamos tenido que echarla, porque ese día descubrimos que la tal felicidad nunca viaja sola, muy cerca de ella están como sombras la desesperanza, el dolor y la decepción. Entonces nos deja más infelices que antes. Diez años después, el amor de mi vida vive con un vendedor de camellos de Marruecos, pesa treinta libras más, tiene cuatro hijos, usa caftán y velo, reza cinco veces al día a Alá akbar con la nariz en dirección a la Meca y, según me dicen, habla ahora con un acento como el del gordo de la tienda de telas.Yo solo tengo la esperanza de que las noches límpidas del desierto -las mismas que permitieron a los antiguos astrónomos árabes bautizar estrellas con nombres como “Axila de cordero”- le lleven a su conciencia el recuerdo de aquel amor que como todos iba a ser para toda la vida. Para siempre hasta se que acaben las ganas y se nos caiga la venda de los ojos. Tan auténtico y tan herrumbrado como la gargantilla de bronce de la India, que aún cuelga encima de mi cama apuntando en dirección a la Meca, sólo por si acaso.

10.8.06

Tu probable soledad

Te fuiste. Te llevaste la mirada que arriaba el caos en mi casa y la dejaste llena de ausencia. La misma mirada que le daba sed a mi hambre y me dejaba peor. Me dejaste la felicidad de tus bragas abigarradas, la fortaleza de tus sostenes vacíos de gloria y los demás abalorios que me hacian sentirme orgulloso de ser un pelafustán. Tu pelafustán. Estos cuerpos de nuestros delitos se los daré al travesti del barrio, para la colección. Prometo que no me dejaré ni uno solo. Prometo que por una vez cumpliré mis promesas.
Te llevaste el Rolex, regalo de tu marido y símbolo del incienso y la gracia del poder establecido. Me dejaste rastros de tu cabello y su olor en el cepillo. Desde que recuerdo, el pelo de una mujer bonita tiene el mismo aroma del perfume de mi primer amor, porque todos los amores son el mismo repetido, la misma mujer encarnada en distinto cuerpo para seguir engañándonos la vida con los ojos de pan casero y la risa de banquete inacabable. Me dejaste el recuerdo de mis manos en tus nalgas blancas, tibias, frutosas, como cajetas de leche en polvo.
Te llevaste mi agradecimiento por tu hombro siempre dispuesto, que esperaba mi cabeza goteando, y me dormía, feliz, otra vez con tu olor. Me dejaste el dilatador de mil cosas y tus demás medicinas para el asma, inútiles ahora sin más desasosiegos que sosegar. Las medicinas para el alma, ésas te las llevaste todas. Me dejaste tu sexo en mis sueños, mojado y agradecido. Cada día me duele más.
Te llevaste el libro de tus ojos, la escalera al cielo, aunque me dejaste los únicos lentes en el mundo capaces de leerlo tal y como es. Me dejaste la boca llena de felicidades y fantasías que algún día me atrevería a decirte.
Te llevaste la falta de tu memoria y los excesos de la mía. Los equilibrios se rompen antes de podrirse. Me dejaste recuerdos de mil anarquías, de acciones sin fajas ni homilías. Añoradas transgresiones al pudor, como los paseos por playas teóricamente desiertas, vestidos solo con el disfraz de la arena pegada al sudor. Parecíamos, según dijiste, los monstruos de la Isla de Gilligan. No olvido la arena de la playa, siempre curiosa, intrusa, y enamorada de las mismas partes de tu cuerpo que yo.
Te llevaste mi enojo con tu terquedad salvaje, incontrolable como la selva. Terrible y molesta.Y entonces te odié. Me dejaste desatadas las ganas de escurrirme por el papel. Nunca he sido capaz de escribir después de hacer el amor. Con tu ausencia escribo sin parar todas las historias que estuvieron atrapadas en algún lugar entre mi cuerpo y tu cuerpo, y que ahora corren libres sin carcelera ni conciencia. El frenesí después de la privación. Me dejaste las fotos y cintas con tu fotogenia liberada, saboreándolos podría con fortuna perder la razón.
Te llevaste alguna de mis virginidades en amores: nunca antes nadie me había dejado; la derrota me hace más común y humano.Me dejaste sin tu cuerda para no hundirme cada vez que me caía en mi pozo personal. Algunas veces el pozo era muy profundo o la cuerda muy corta, y me ahogaba por un buen tiempo. Otras veces -la mayoría- me rescatabas tembloroso y llorando, entonces en la alegría después de la tristeza éramos felices, mientras nos acordáramos o nos olvidáramos.
Nunca había podido escribir nada para vos, que los dolores me hacen callar y bajar la cabeza. Y con la cabeza baja no se puede escribir. Porque para escribir hay que tener dignidad, para perderla lentamente.
Sacando las cuentas de tu era y con la lengua en mis heridas, me queda el sabor de que me has dejado más de lo que te has llevado, pero no puedo evitar sentirme derrotado. Porque si ganaron mi tranquilidad y su paz -la paz del aburrimiento- perdieron las aventuras aún por vivir, el dolor de desearte, la felicidad de no tenerte y la incertidumbre de tu probable soledad.



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4.8.06

Katioshka

Por los pasillos de la Secundaria de aquella ciudad ardiente del pacífico norte de Costa Rica, caminaba Katioshka (con sh) haciendo arder las zarzas urgentes de mi adolescencia con un sístole-diástole en su cola que gritaba con una cadencia mulata y silenciosa: a-fri-ca, a- fri-ca; toda una grave epifanía. A pesar de que era un colegio pequeño, Katiochka ( con ch) nunca se enteró de mi existencia. Katioshka (con sh) bailaba el “bomba” como una serpiente encantada. Y yo nunca pude ni con el “perico ripiao”, ni con el “jazzeado”, como años después comprobarían con desazón las amables gevas en la estupenda noche de Santo Domingo en el “Montecristo” y hasta en la “Casa Luisa”.